04 mayo 2012

Seguiremos vivos?

con esto de la migración... :(

22 octubre 2006

VII - Marcos

Reconozco que soy cambiante, suelo confundir a simple vista. Nadie se engañe con mis chistes y mi aparente buen humor.
Mi primera reacción –y la más constante y evidente- ante la tristeza es el silencio. Me hundo en un abismo inexpugnable del que ni yo mismo podré reconocer alguna vez todos los recovecos. Me dejo llevar por la pesadez, me entrego a la espiral descendente y en un momento no queda nada más que una profunda sensación de vacío; casi ni alcanzo a trazar un pensamiento, la realidad desaparece, la fantasía desaparece.
Suele pasarme cada vez más seguido esto de darme cuenta que al final estamos solos. Cada uno solo. No es como esa canción de Fander, así estoy en el mundo sin tu amor. No. Así estoy en el mundo siempre. Muchas veces hacemos la vista gorda, pretendemos ignorar semejante certeza, soslayamos la verdad irrefutable. Pero si queremos ser felices debemos hacerlo solos. Y cómo hacemos los que no podemos estar solos? Yo quise ser feliz y con ella y ahí está la paradoja. Ni ella fue feliz conmigo ni yo con ella. Ni yo fui feliz por ella ni ella por mí, aunque sea una afirmación viciada de errores: nadie hace nada por otro que no sea causar daño. Si no decime: de qué te sirve que alguien te ame? De qué te sirve que alguien te ame si no podes ser feliz? De que te sirve amar a alguien? Eso te hace sentir completo? Boludeces! Seguimos vacíos. Vinimos vacíos y moriremos vacíos.
Ahí tienen: la segunda reacción es la broca.
Creo que la tercera es el desgano. Quería contarles cómo era yo, pero se me fueron las ganas porque hoy, como casi todas las horas de casi todos los días, estoy triste.

20 octubre 2006

VI - Primera cita (no se apresuren, es por cuestiones laborales)

Creo que no lo dijimos, pero Walter se levantaba a las 5 de lunes a viernes, los sábados a las 7 y los domingos a las 4... de la tarde.
Su ritual era sencillo, fiaca de unos minutos con la luz apagada o mínima, encendido de calefón, sesión de espejo que consistía en chequeo de diámetro de la cintura (en franco crecimiento), estado de bíceps y dorsales (hasta el momento y por suerte más relevantes que la barriga), duda cartesiana respecto de la relación tunning-pening de frente y de perfil (será cierto en definitiva lo que dice Marcos?), remoción de lagañas, granos, todo esto mientras el agua caliente llega a la ducha. Cortado de filtro, un par de express con unas rodajas de algún jamoncito o algo que haya quedado de lo que cada tanto sobra -y bastante- de los repartos y de lo que muchos clientes cambian por acercarse la fecha de vencimiento. Siempre se preguntaba, aunque no encontrara resultados negativos, hasta dónde afectaría su salud el hecho de comer fiambre casi sobre la fecha de vencimiento. De todas formas, terminaba infiriendo que nada se acercaba a la dosis de veneno que diariamente consume el ser humano urbano, entre quema de combustibles, cigarrillos, residuos orgánicos y mil etcéteras. Igualmente, un salame no se iba a poner feo de un día para el otro, si el 24 vence, no es que el 23 está bueno y el 24 está podrido, ni el 25 ni el 30, pero hay que considerar también los intereses comerciales que llevan a que mercadería que antes no vencía nunca, ahora sí lo haga por una cuestión de rotación, que lleva a mantener aceitado el circuito de ventas con beneficio de las partes interesadas. El consumidor final? Bien, gracias... que pague primero y reclame después. Y así como no estaba dispuesto (mucho menos convencido de) a morir por un jamon cocido pasado de vencimiento, tampoco quería palmar a fuerza de hidrocarburos así que primero abría las cuatro puertas del garage y despues encendía la camioneta para que caliente un poco, ya sea invierno o verano. Si ponía la radio seguramente escucharía malas noticias de Colón, así que optaba por algun disquito (algún día compraía un mp3, por ahí si pegaba una buena venta en el mercado oscuro, tal vez).
Pero esa mañana el amanecer tenía otro condimento. Tenía condimento, digámoslo de una vez, porque las otras mañanas eran inercia pura.
A las 6 lo esperaba Marisa en la puerta de un depósito que concentraba donaciones y desde el cual salían un viejo rastrojero, humiento y destartalado pero fiel y tenaz como la voluntad de su dueño, un hombre de unos 60 años que venía haciendo changas de flete desde los 30 y que se sumó hace un par de años a este reparto, desde que el auge piquetero dio relevancia pública a los comedores comunitarios; y un falcon amarillo que supo de mejores pulidos y limpiezas, cargado hasta el asiento del acompañante, manejado por un gordito feliz y contento, de edad indefinida y que responde a cualquier mote, cacho, pepe, juancho, tony, fiera, piñón, etc, con una risa franca y contagiosa. La misión de Walter era, decidió aceptarla, sumar un granito de arena, utilizar la capacidad ociosa de carga de la camioneta y el recorrido diario por los comercios, para ayudar en el reparto de alimentos a cinco comedores que quedaban dentro de su recorrido y que aliviaban la carga de los otros dos vehículos. Otra cuestión que había salido al planificar el recorrido con Marisa era que se podía rescatar la mercadería devuelta por rotación, que normalmente iba a parar al depósito de donde Walter retiraba y de allí se olvidaba, se daba por perdida y se tiraba cuando el espacio comenzaba a faltar. La idea entonces, era tomar esa mercadería antes que venza y antes que se tire y dejarla en éste depósito que vemos ahora, donde Marisa es una coordinadora más de los cinco que hay, tres mujeres y dos hombres. La subvención que se recibe del estado alcanza para el mantenimiento mínimo del local como alquiler y servicios, la limpieza es ad-honorem y se turnan dos personas, el combustible de los vehículos también es donado y a veces puesto del bolsillo de los coordinadores; los repartidores apenas pueden con el mantenimiento de sus propios vehículos.
Aquí está Marisa, ya lo dijimos, con esa sonrisa y esa frescura que no parece acusar sueño ni cansancio, feliz de haber sumado uno más a la causa, contenta porque no es cualquier “uno más”. Y aquí llega Walter, casi por primera vez con los ojos bien abiertos, terminando de despejarse. Ya hace calor, no quiere pensar lo que va a ser cerca del mediodía, pero las palabras y la sonrisa de Marisa lo transportan en su fantasía de terminar la jornada en una terraza o balcón, mirando al oeste, esperando la brisa fresca del sur que aplaque el bochorno, un vaso helado en la mano, como aquella tarde junto a la pileta, filosofando menos y acercándose más.

26 julio 2006

V - Marisa

Encontrar una foto de algún tiempo atrás es como subirse a un colectivo en movimiento, de improviso, sin equipaje, sin boleto. Es oler un perfume fundamental. Es un resplandor de recuerdos que supercede la tenue luz del amanecer.Hace un poco más de dos años, la pareja que ahora se ve en la foto (un tanto ajada, con una esquina rota, quizás por la presión de sus compañeros de viaje en el tiempo, dentro del cajón de la mesita de luz de Marisa) sonreía en una tarde luminosa, con algunos amigos como telón de fondo, unas botellas de coca a medio vaciar, un plato con migajas de torta, centros de mesa saqueados y botellas descorchadas. Otro color de pelo ella, otras convicciones en la mirada él (pese al dejo de duda ya latente). Un instante antes de arrugarla con fuerza, con rabia ya atenuada, por reflejo, por desquite, desistió. Le acomodó como pudo la esquina torcida, la alisó lo más posible y la metió quizás dentro de una caja que recordaba bien: la primer cajita de anticonceptivos. Los días de lágrimas han pasado hace tiempo, pero sin querer se le entrecorta la respiración. Mati. Matías... el "padre Mati..." No pegaba. No sonaba. No se podía acostumbrar. Aún hoy, cuando ya podía escuchar esa canción de Cerati sin que le duela tanto como para llorar sin consuelo; aún hoy, no se podía hacer la idea que SU Mati, su chico, su amor de casi tres años, su futuro esposo, con quien debería estar hoy compartiendo este departamento, esta alfombra, esta cama vasta y confortable, esta calurosa mañana, este viento a través del voile, estuviera ya en tercer año del seminario, irremediablemente dentro de otro mundo: el insondable universo eclesiástico.Tres meses después de esa foto con amigos (día más, día menos, la distancia temporal borronea la memoria) sobrevino el brutal cambio de carril, lo que a priori sonó a cargada, a chanza de novela barata. Luego vino el desconcierto, el desconsuelo, el desengaño, el desamor... Los únicos refugios posibles, agradeciendo el tiempo de vacaciones de la facultad, fueron sus incondicionales Pía y Karina, amigas desde siempre, casualmente ausentes en esa foto... se podría haber dicho que estaban fuera, preparando la red donde Marisa caería tiempo después.La voluntad de hierro hizo el resto (Pía habrá afirmado con vehemencia que fue su sol en escorpio el hacedor del milagro). Siguió adelante con sus estudios y con su nuevo ánimo de devolver el apoyo que tan bien le había hecho. Ya nada la separaría de sus amigas, pasara lo que pasara. Ya nada sería tan cierto e irrevocable como antes, ya nada sería para siempre excepto sus dos hermanas terrenales, sus dos ángeles protectores. Ese año finalizó los estudios, no sin esfuerzo, no sin sentir que la ciudad en ocasiones la devoraba, que Rosario y su encanto mafioso, sus viejas glorias arrabaleras, tiraban de ella hacia lo más oscuro de su alma, cuando la luna nacía naranja e inflamada sobre el río marrón. La residencia en el Carrasco terminó de forjar su espíritu solidario y ya nunca más regresaría a la frivolidad por la frivolidad misma. El contacto con ciertas miserias cotidianas le dio el valor justo de su vida, equilibró los números en su balanza, comprendió que la existencia aquí y ahora es lo que cuenta. Hizo suyo el gesto de dar una mano, pero para eso debió primero amarrarse a los sólidos muelles de su mundo, sus cables a tierra. Y la red, esa red tejida a fuerza de apoyo incondicional, forjada por sus amigas, la hizo sentir viva, a salvo. La imagen de la foto reverberó unos instantes más en sus retinas, y se esfumó con los últimos acordes de un estribillo que volvía a sonar en su mente, como aquella tarde del cumpleaños. Permaneció sentada en el costado de la cama unos segundos más, hasta que todos los sonidos dentro hubieron callado, hasta que todas las imágenes en oleadas terminaron de chispear. Antes de dar accidentalmente con la foto, en la maraña de papeles inútiles y objetos largamente extraviados, remotos e ignorados de su mesa de luz, había encontrado las cinco hojas con nombres de bebé que por aquellos años guardara, abrigando la ilusión de un hijo con Matías. Esa tarde se reuniría con Karina, que ya iba por el sexto mes de embarazo y juntas jugarían el hermoso juego de elegir un nombre -de varón, ya sabían. Y si empezaba con L mejor.

IV - Junto a la pileta

-Mi reino por eso que llevás en la mano!
Marisa rió luminosa. -Antibanco la monarquía, así que paso el convite. Igual ésto era para vos. -Y le extendió un vaso que comenzó a llenar, previa pregunta de rutina: Con o sin?
-Sin!! así entra más... En serio lo traías para mí?
-Sí, claro... quise sacarte antes del atolladero, pero estuve charlando con tu amigo. -y cabeceó sutilmente hacia el lado de la galería.
-Je... lo hizo a propósito, el mal llevado... él te sacó charla, no?
Marisa afirmó con la cabeza y volvió a reír al darse cuenta lo bien que se conocían éstos dos.
-Salud! -Walter levantó el vaso y ofreció el brindis. Ella respondió el brindis con la botella y cargó su vaso.
Fueron a sentarse junto a la pileta, al amparo de una sombra salvadora. Walter se acomodó en uno de los sillones de madera tipo plaza y Marisa en el borde de la pileta, en esos mosaicos antideslizantes y atérmicos, cruzando las piernas en loto, dejando que su pollera de bambula blanca cubra la totalidad de sus piernas. Unos metros más allá, algunos ya empezaban a irse, una familia llegada de Entre Ríos iba metiendo cosas dentro de un Scénic, chicos, bolsas, bandejas con torta, bolsita con huesos para los perros...
-Si te digo que cantás bien -comenzó a decir Marisa- me vas a decir que no, que me deje de joder y eso, así que no te lo digo, pero sí te voy a decir que parecés tener carisma para manejar multitudes...
-Así que no canto bien? -repuso Walter simulando cara de decepción-. Yo creía que sí... yo me la creía, me entendés..? -Aclaró con gesto grave, funciendo el ceño... y no pudo contener la risa.
-Ah bue, estamos ante un narcisista...
-Ah bue... estamos ante una sicóloga -retrucó Walter
Marisa interrumpió la risa con la boca abierta y los ojos bien grandes. Seguía sorprendiéndose, pese a que ya debería estar acostumbrada, de lo rápido que circulaban las noticas acerca de ella, especialmente cuando era nueva en cualquier ámbito. Su atractivo la exponía a esto y todavía no parecía asumirlo.
-Karina -arriesgó Marisa
-Ah, no puedo ser vidente?
-No tenés el tipo de vidente...
-Algún otro diagnóstico, doctora? -Walter comenzó a sentirse estudiado, observado. En otra ocasión tal vez le habría molestado, pero se sintió a gusto.
Marisa bajó la vista. No le gustaba ponerse en evidencia.
-Te molesta si fumo? -preguntó Marisa sacando la etiqueta del estuche del celular. Walter negó con la cabeza mientras le daba otro trago a la cerveza de su vaso. En realidad le molestaba la gente que fumaba, pero bien sabemos que con Marisa iba a hacer una excepción, había un par de motivos bien a la vista y él no les podía sacar la vista de encima sin un esfuerzo sobrehumano.
Walter pensó que tenía que dejar en claro su posición frente al cigarrillo y decidió sincerarse... a medias. Tragó y dejando el vaso en el banco dijo:
-Vos sabés que en realidad, no fumo ni me cabe para nada el pucho... excepto... excepto... hay un olor especial que surge de la mezcla del humo de un pucho con el olor a nafta...
Marisa arqueó las cejas con una sonrisa y dejó un gesto como pidiendo más datos.
-Sí, sí... ya se... puede sonar a falopa… por ahí, quién te dice… Pero es así, me gusta mucho el olor de un pucho prendido por ejemplo en un taller, o cerca de un motor...
Marisa se contuvo. Su mente (psico)analítica comenzó a hilvanar, en libre asociación, una serie de pasos que conducían a la tragedia: nafta, chispa-cigarrillo, explosión, fuego, muerte: este tipo será medio suicida? Espantó tales pensamientos con un imperceptible sacudón de cabeza.
Y fue como si Walter le leyera el pensamiento:
-Vos también me vas a decir que soy un inconsciente y que ese gustito me va a dejar la cara como Freddy Krugger? Marisa no pudo más y soltó una risotada echando la cabeza hacia atrás, como hacía siempre.
-Era exactamente lo que estaba pensando -alcanzó a decir todavía riendo.
-Ok, cambiemos de tema.
-Nooo... -dijo Marisa tratando de ponerse seria, pero sin lograrlo. -Está todo bien, solo que...
-Sí, ya se... viste? te dije... no podés dejar de diagnosticar. Cambiemos de tema, dale.
-Dale... -Marisa intentó cubrir su última carcajada con la mano.
-Cuánta cerveza tomaste? -preguntó Walter
-Mucha... se nota? -dijo ella volviendo a reírse.
En realidad, Marisa no había tomado casi nada. Eran los nervios y la exitación lo que la llevaba a la risa. Walter le atraía, ya no podía negarlo. Y le vino de maravillas culpar a la cerveza.
Terminó de tomar, y acompañó el gesto con una mano cubriéndose el escote (para desazón de Walter, pero solo fue ese gesto). Trató de borrar todo rastro de risa de su cara y se puso seria.
-No creas que cuando hablás con un psicólogo te está analizando todo el tiempo. Somos humanos y necesitamos un descanso. Dije que no das un vidente porque creo que no es tu onda, quizás me equivoco, no se.
-En realidad no te equivocás, no soy vidente ni mucho menos, pero vos sí das una psicóloga, aunque no entienda mucho del tema te saqué la ficha, o no? – dejó escuchar Walter sin poder disimular una sonrisa socarrona.
-Es verdad, me descubriste, como yo a vos y al tránsfuga de tu amigo. Ya sé que de Feng Shui no saben nada, y me cuesta creer que haya sido casualidad el comentario.
Walter se sintió abrumado por las palabras de Marisa, no por saberse descubierto. Empezó a pensar en el porqué de esta charla de ella con un “tránsfuga” y una vez más volvió a él la duda acerca de las casualidades y las cosas predestinadas. Lo pensó muy rápidamente, en el acto contestó:
-Bueno, las casualidades existen. No entiendo mucho de eso, pero soy un convencido de que todo hecho importante tiene cimiento en una o varias casualidades. Creo que cada uno de nosotros es una casualidad. -Walter terminó la frase y se sintió un tarado, pero a su vez vio cómo Marisa lo miraba con una atención sincera, interesándose realmente por su reflexión. Insistió entonces:
-Perdón, me puse a filosofar al pedo, evidentemente el calor y la cerveza hacen su efec.... Marisa lo interrumpió en ese preciso instante.
-No! Es muy bueno lo que dijiste, es profundo y a la vez muy cierto. Aunque uno no solamente es lo que le dicta el destino o el azar. Todos los días elegimos hacia dónde va nuestra vida.-Dijo Marisa mientras Walter se acomodaba en la reposera y dejaba su vaso en el piso.
-Meeeeeeee cago! Yo creía que mi destino era ser repartidor de fiambres! Vos decís que si me lo propongo puedo ser físico nuclear? - Soltó Walter gesticulando y tomándose la cabeza como quien se entera de una verdad que esperó toda la vida. Marisa largó una carcajada y se echó hacia atrás ampulosamente.
-Mirá que sos tarado! –dijo Marisa ladeando la cabeza mientras se mordía el labio y retrucó:
-No se si físico nuclear, pero sí podés hacer cosas que te definan como persona. Yo, por ejemplo: soy psicóloga, sí, pero soy otras cosas. Ése es mi laburo. Mi pasión está en otro lado, lo mío es el contacto con la gente, ayudar a quien lo necesita. Vos debés ser mucho más que un repartidor de fiambres. Quien te hubiera visto hoy diría que sos el sucesor de Jorge Rojas, pero bueno... eso depende de vos y qué pretendas hacer con tu vida. Qué te apasiona? – Preguntó Marisa adelantando su cuerpo.
Walter hurgó en su mente, buscando cuál era su pasión, pero no supo qué decir.
-Qué haces que te haga feliz? Insistió Marisa.
-No sé, supongo que algo me apasiona, pero no se qué es. A veces tengo la sensación de no hacer nada que me conforme a mí, me limito a trabajar, cumplir con la familia, los amigos y nada más. Nunca te pareció que haces todo para los demás? Creo que no tengo una actividad que me defina, (a todo esto Marisa asentía en silencio) siempre quise hacer algo pero nunca supe qué. Me gustaría ayudar, como vos decís...sí, pero no sé... cuando ando por los barrios jodidos, por Santa Rosa, o Yapeyú, veo a los pibes y pienso en cómo uno podría ayudarlos... pero no se me ocurre.–dijo Walter raspándose la palma de la mano con la barba que empezaba a sombrear su mentón.
-Tenés donde anotar una dirección? -Preguntó Marisa
-Por qué? –Preguntó él, sacando el celular de la funda.
-Vos anotá, si tenés ganas de ayudar, ya te voy a encontrar dónde hacerlo. –Sonrió Marisa.

22 junio 2006

III - Después del asado

Lo peor fue que alguien recordó el pasado guitarrero de Walter, de cuando a los quince andaba recorriendo las peñas folklóricas en busca de aplausos y alguna que otra empanada. Con el correr de los años, fue subiendo el cachet, llegando a aceptar, cuando no a exigir, un vaso de vino para bajar la empanada. Así que dieron por descontado que se había cobrado, dadas las feroces raciones de empanadas, vino y asado que había consumido: lo menos que podía hacer era devolver algo -que no fuera el almuerzo- a la concurrencia.
Marcos aprovechó para hacer mutis por el foro, odiaba el folklore pero más que nada detestaba el circo que lo rodeaba, las peñas, los chalchaleros y hasta la negra sosa, si andaba cruzado. Ya Walter descollaba con La escondida, luego de haber dejado boquiabiertas a un par de señoritas con su particular versión de Suspenso, de Los Nocheros (lo hacía para enganchar a la audiencia), cuando Marcos, a una prudencial distancia observaba, vasito en mano, modorra a cuestas, apoyado el hombro contra uno de los pilares de las arcadas que conformaban la larga galería y relojeando una hamaca paraguaya que se insinuaba... vacía, oscilante, tentadora.
Dos pasos pudo dar. Saliendo del comedor por la enorme puerta ventana abierta de par en par: Marisa. Llevaba una botella de cerveza y dos vasos.
No tenías que molestarte, le dijo Marcos mientras levantaba su vaso ya vacío, pst! si podía ir yo... Marisa rió por la ocurrencia y completó, Bueno, no era para vos, era para el guitarrero y cantor... Ah! pero con más razón! traé para acá, vení, vamos a charlar a la hamaca y dejalo a aquel que sude la gota gorda... el que toca nunca baila.
Marisa aceptó sin dejar de reír. Días más tarde, Marcos iba a jurar en rueda de amigos que nunca había visto una sonrisa tan brillante como la de Marisa esa tarde. Sus pensamientos acerca del escote fueron omitidos en aquella misma ronda de congéneres.
Se sentaron de espaldas al sol, que a esa latitud del parque comenzaba a escurrirse entre los álamos. Brindaron por Laureano y bebieron casi medio vaso de un solo trago. La Santa Fe estaba bien helada y nada había que envidiar a la fiesta de los Gonzalez García. Trivialidades van, lugares comunes vienen... cada tanto Marisa echaba una mirada hacia el lado del "escenario" donde Walter seguía a los alaridos limpios, ahora acompañado por un coro de borrachos, desentonados como ellos solos.
No tienen idea de Feng Shui, no es cierto? Soltó ella de golpe. Miraba a Walter cuando lo dijo. Miró a Marcos dos segundos después y confirmó la sospecha. Marcos reía en silencio tapándose la cara con la otra mano, la que no sostenía el vaso. Cuando logró achicar un poco la sonrisa, pero sin dejar de mirar el vaso, como si no se atreviera a mirarla a los ojos le dijo, No tenemos ni idea... y negaba con la cabeza, Bah, sí, idea sí... algo le conté a Walter en un momento. Me pareció demasiada casualidad, continuó Marisa. Marcos la interrumpió: Es que fue casualidad! Karina creyó conocerme de andá a saber qué ámbito fulero y me picó el boleto, así que en joda, le dije que nada que ver, que a Walter lo conocía de un curso de Feng Shui, la primer rareza que se ocurrió... lo demás vino solo, esa fue la coincidencia. Ah sí? yo creía que había sido al revés...
Hubo una pausa de unos segundos, se alcanzó a oír la voz de Walter exigiendo un refrigerio o un reemplazo liso y llano. Alguien le acercó un vaso conteniendo un líquido de color peligrosamente rojo. "Talacasto" pensó Marcos, recordando el viejo chiste que repetía Walter en cada ocasión que podía meter un bocadillo. Creyó que le tocaba a él largar una pregunta, como para que no decaiga esa especie de intimidad que se había comenzado a forjar. Quiso ser original pero no lo consiguió. Qué hacés? A qué te dedicás cuando no andás deschavando impostores? Ella apuró otro trago y contó, En el living de mi casa tengo un diploma que me acredita como licenciada en psicología; de ahí en adelante tengo como chiquicientos diplomitas más de cursos varios, talleres, seminarios, bla, bla, bla... Todo eso me dio un una mano enorme en lo que realmente me gusta hacer y gracias a Dios hago: trabajo en Acción Comunitaria. Así que psicóloga, reflexionó Marcos asintiendo con la cabeza, viendo la sombra de la hamaca ir y venir pausadamente, Con razón... Sí, pero más allá del título, sólo me gusta la parte en que eso me dio una base para lo que hago, estar en contacto con la gente, con las necesidades profundas de la gente. También hago consultorio, pero sólo para llegar a fin de mes. No me interesan los traumas burgueses, solamente me ayudan a pagar el alquiler del departamento... Marcos la interrumpió: Debe ser terriblemente frustrante, Es, hay que hacer de tripas corazón y no achicarse... nunca.
Marcos recargó los vasos. Ella le preguntó qué hacían él y Walter, son socios? Socios?, Jajaja!! Dios no lo permita! Marisa abrió los ojos sorprendida pero comprendiendo la broma. Na, yo laburo en un kiosco, y cuando puedo publico algún artículo en el Litoral o en El Arca del Sur, o donde me den un lugarcito y no me editen demasiado. Escribís? fue la pregunta de Marisa con expresión asombrada. Tengo el vicio... para solaz de los críticos y desgracia de los lectores... Bueno -cambiado de tema visiblemente incómodo por tener que dar detalle-, y Walter labura... digamos que labura para el frigorífico La Candelaria, o sea, no directamente con don Candelario pero sí por medio de una red de distribución de los productos, se pasa buena parte del día en la calle, entre que prevende, carga, reparte y cobra... Ah, interrumpió Marisa, y la chata es de la empresa? No, la chata es de él, pero por poco tiempo más. Quiero decir, por poco tiempo más la va a poder usar en el reparto, porque hace unos días parece que le pidieron que le ponga equipo refrigerante y toda la bola sanitaria esa, así que no se... por ahí la tiene que cambiar, el tiro sería que los de la empresa le den una chata equipada, vos viste, así como está puesta no le va a querer meter un refrigerante... Vos tenés un acento raro -dijo Marisa entrecerrando los ojos, como queriendo agudizar los sentidos. Ja! Tengo una mezcla encima! Mis viejos son porteños, mis abuelos tanos, mi cuñada y toda su familia es puntana. Al final uno no puede evitar la mezcla, vos viste... estás dos días con alguno de ellos y enseguida algo se te pega. Pero sos de acá? Sí, claro... de Esperanza. Ah... y Walter? Él es Santafesino hasta el tuétano. Nació sabalero y se va a morir en el cementerio de elefantes, de acá no lo mueve nadie... hasta ahora, al menos. Cuántos años tiene? Eso no se pregunta. A las mujeres no se les pregunta. Tenés razón, 33. Son buenas.
Walter decretó el descanso, menos por el agotamiento que por la sed. Los borrachos del coro (cada vez eran más, ahora estaba el mismísimo padre del bautizado encabezando el pogo vocal) seguían patinando un estribillo malogrado pero lo despidieron con un aplauso, los que lograban acertar el golpe de una mano a otra. Algunas damas ya se habían ido retirando del improvisado fogón cuando notaron que la jarana tomaba el rumbo de los tomates. Marisa se levantó de la hamaca, puso una mano sobre el hombro de Marcos, le agradeció la charla prometiendo seguirla y Marcos le devolvió el agradecimiento. Ella desapareció rápidamente en la penumbra del interior de la estancia y volvió a salir con una botella de cerveza llena y dos vasos. Deja vú, pensó Marcos mientras la seguía con la mirada. Ella apuró el tranco y le salió al cruce a Walter que se abría paso entre los demás invitados que se habían formado en círculo alrededor de la guitarreada. Marcos vio la cara de sorpresa de su amigo ante el ofrecimiento de Marisa, los vio reír, los vio brindar y los vio irse caminando despacio para el lado de la pileta de natación, donde había unos sillones a la sombra. Llenó otra vez el vaso con lo que quedaba de cerveza (ya tibia) y lo hizo girar, jugando con la espuma. Lo vació de un solo trago y lo dejó en el piso. Se estiró sobre la hamaca y el lienzo se convirtió en horizonte, en barrera y en refugio. Lo último que vio tras el borde de la hamaca fue a Marisa echando la cabeza hacia atrás en una risa lejana y sorda, seguramente algún viejo y trillado chiste de Walter.
Es como una sensación acá en las tripas, viste? Pensó y se durmió sonriendo.

07 junio 2006

II - Musica de fondo

La ruta estaba tranquila. La caravana avanzaba lentamente hacia Sauce Viejo donde un asado con cuero había comprometido su presencia para festejar el bautismo del hijo de Karina.
Walter y Marcos iban solos en la Ranger con las ventanillas abiertas de par en par: no hay con qué darle al calor santafesino de enero y sin aire acondicionado, sólo el viento en la cara hace tolerable el estar dentro de un vehículo. Walter manejaba callado repiqueteando los dedos en el volante al compás de los aullidos de Miguel Mateos. Marcos acercaba lentamente la cara a la ventanilla y jugaba con su mano contra el viento. Che, eso hacía cuando era chico y mi viejo me cagaba a pedos. Qué boludo era de pendejo!, me creía ese cuento del pibe que perdió el brazo por sacarlo por la ventanilla... che, te estoy hablando... en que pensás? Quito volvió del limbo y de la nada dijo, No tenés nada de Depeche Mode aunque sea? realmente no se puede escuchar a Miguel Mateos... es insoportable... Ah bueno... Depeche Mode, ya sabés que en mi camioneta solamente se escucha música de hombres, nada de esos pseudomaricas que escuchás vos, querés que ponga algo de Pet Shop Boys ya que estamos con la trolada, Ah, claro, porque los de Virus y Los Abuelos son de guapos... se murieron de Sida! dijo Quito y siguió, Acá el maraca sos vos, seguro que si te reviso los cedés tenés uno de Miranda! Walter se puso rojo en el acto y le contestó conteniendo la risa, Y sí, tengo uno de Miranda, está de moda, que querés que haga? Quito abrió la guantera y sacó el estuche con los discos. Se puso a revisar. Al cuarto sobre sacó uno y cambió el que estaba puesto en el equipo, Ahora sí, dijo echándose sobre el respaldo para ponerse cómodo. Cuando empezó a sonar Pink Floyd, Walter se estiró un poco para subir el volumen y miró por un instante a Marcos. En su cabeza, una idea había comenzado a tomar forma, primero de nebulosa, luego un tanto más concreta.
Terminado el primer tema y comenzado el segundo Walter tuvo la confirmación de que lo que venía pensando era cierto de alguna manera: algo le pasaba a Marcos. Nada grave, imaginaba, pero algo era. Lo conocía. Sabía identificar sus estados de ánimo y éste, justamente éste, era uno de los más notables: no cantaba las canciones; se limitaba a escuchar y perdía la mirada en las casas quinta que se sucedían al costado de la ruta. Había dejado de jugar con su mano en el viento y casi ni llevaba el ritmo de lo que escuchaba. Walter le venía echando miradas rápidas, sin dejar de atender al tránsito, pero evaluando el comportamiento de su amigo. Al fin, no pudo más y le soltó, Che, ahora deja de hacerte el ganso y decime en que venís pensando. Quito tardó unos segundos en volver la mirada hacia Walter y preguntar realmente distraído, Qué, Que me digas que coños estás pensando, te conozco y a vos te pasa algo. Marcos apoyó el codo derecho en la ventanilla y flexionó la pierna izquierda sobre el asiento, sentándose sobre ella. Se sintió un poco incómodo al saberse descubierto, transparente, no podía negar que la química con su amigo seguía intacta. En realidad algo le pasaba, pero no alcanzaba a bosquejar siquiera una definición; era más bien un presentimiento, una inquietud lejos, allá en el fondo del alma, un velo -casi invisible pero velo al fin- frente al tercer ojo. En realidad en nada... o en todo, qué se yo, dijo Quito pasándose la mano izquierda por el mentón, la mirada todavía perdida kilómetros más adelante. No se... dijo Quito, no te da un poco de pudor ir a una fiesta como ésta? qué tenemos que hacer nosotros ahí? quiero decir... obvio que nos vamos a morfar y chupar todo, pero en realidad somos sapo de otro pozo. Y... tenés razón, asintió Walter, pero si no voy mi vieja me va a romper las bolas, así que mejor vamos, nos divertimos criticando a los parientes y todos conten... Qué se yo, interrumpió Marcos, deberíamos dejar de boludear un poco, sentar cabeza, pensar en el futuro, ya no somos dos pendejos... Se fue deteniendo de a poco con lo que decía, empezó a darse cuenta que estaba adoptando un tono grave al hablar, no solo en lo que decía sino también en lo que su rostro reflejaba. Y en un segundo, del gesto adusto pasó a uno de complicidad: Viste que estaba para el fierrazo la madrina! No cambiás más vos, le replicó Walter, creí que hablabas en serio, pelotudo! Sí hablaba en serio, pero me acordé que la flaca estaba buena, o me vas a decir que no te gustó? Sí que me gustó, además parece piola... bah, se prendió con la gilada esa del chop suey... Marcos estallo en una carcajada... No pelotudo! Feng Shui! Chop suey es una comida! Bueno, es lo mismo, se justificó Walter, en definitiva, son boludeces de chinos. A lo que iba: tenías razón, está re buena la Madrina, encima con esa pollera de bambula, me quema la cabeza! Quito funció el ceño. Y desde cuándo te gustan las hippies? Ma qué hippies... me encantan esas polleras, parece Laura Ingalls, que me gustaba cuando era pendejo. En realidad estaba mejor la cieguita, pero era una amarga, Laura tenía pinta de ser más divertida, qué se yo... La cieguita! dijo Quito con una sonrisa. Ahora, vos estás totalmente del toméito, mirá que calentarse con alguien del elenco de Los Ingalls, serie chupacirios mal, si las hay, hiper bancada por la iglesia protestante, por los evangelistas y cuanto mormón ande suelto también... Quito seguía riéndose de Walter: Sos un turro, a vos no te interesa Laura Ingalls, a vos te gusta la mina y no lo vas a reconocer. En ese instante Marcos recordó la forma en que Marisa había mirado a Walter y cómo se había interesado en la mentira del Feng Shui (claro que no podía saber todavía que era una cabal y vil mentira). Como Walter también se callara, se había vuelto a hacer un silencio dentro de la camioneta. En el pasadiscos comenzaba Good Bye Blue Sky y Marcos volvió a volar con el pensamiento, la mirada lejos y la boca cerrada. Todo el momento de gracia y complicidad pareció esfumarse rápidamente. La seriedad volvió a inundar su rostro y creyó retomar el hilo de sus pensamientos justo en el punto donde Walter lo había interrumpido. Sabés? dijo de repente, sin dejar de mirar al horizonte por la ventanilla, viste que vos recién me preguntaste qué estaba pensando? Me huelo algo. No digo que sea ni bueno ni malo... algo. Es como una sensación acá en las tripas, viste? Hizo un silencio, good by blue sky, good by, como si fuera el último cielo azul que vayamos a ver, completó señalando con el dedo al parlante de su lado. Pará pelotudo! qué querés decir, que nos vamos a estrolar en la ruta? Naa... no es para tanto, ess... que se yo... como que se nos está por acabar la joda, como que en cualquier momento ting! nos cae la ficha. Vos porque estás viejo, papá... mirá que yo no me canso eh! bromeó Walter imitando al de la publicidad de Venus. Marcos no pudo evitar reírse. Con vos no se puede ser serio.

10 mayo 2006

I - El viento los cría y Dios los amontona

"Lamentablemente este ha sido otro año triste para la parcialidad sabalera, pero no fue cualquier año, este era el año del centenario y el Presidente Darrás había prometido un año inolvidable para los colonistas"
-¡Una vez más los dirigentes se burlaron de la buena fe de los socios! ¿Hasta cuándo va a esperar el hincha por un equipo competitivo? -Inquirió Darío Pignata.
-El dos mil cinco fue un mal año para Colón, pero el dos mil seis va a ser diferente, Colón está armando un equipo impresionante, Fuertes, Denis, Cangele y puede sumarse Lucas Rimoldi. Los equipos grandes juegan las copas ¡Sin lugar a dudas el dos mil seis es el año de Colon! -Aseveró Enrique Cruz (H).
En ese preciso instante Walter silenció la radio poniendo un disco de MP3 y rápidamente se escuchó a Miguel Mateos. A sus treinta y tres años Walter ya se había aburrido de escuchar a estos dos idiotas pronosticando ¡Éste es el año de Colón! Por suerte la música hizo que se olvidara de los periodistas deportivos, que en Santa fe son más deprimentes que en cualquier otra ciudad. En fin.
La Ford Ranger gris con vivos azules se paró en Padre Genesio al 424. Walter se bajó y tocó el timbre, esperó unos momentos y en el acto recordó que no funcionaba, así que para ahorrarse el trámite de golpear las manos al pedo sacó su celular y llamó al de Marcos. Lo atendió con voz adormilada
-¿Quién es? -Preguntó Marcos.
-¡Soy yo, pelotudo! Dale, abrime que es tarde y no llegamos a la iglesia -le dijo Walter.
Se abrió la puerta de chapa y apareció Marcos en bermudas, con una remera vieja, sus eternas zapatillas Topper de lona y las medias arrolladas.
-¿De qué iglesia me hablás? -le dijo extrañado.
-No seas guacho, me habías prometido que me acompañabas al bautismo del hijo de mi prima. -Ah! cierto, ya me había olvidado. Sacate un porrón de la heladera y acomodate, me pego una duchita y vamos, -dijo Marcos mientras caminaba entre un montón de libros, papeles y cajas de pizzas.
Walter y Quito eran amigos desde la adolescencia, ninguno de los dos registraba concretamente desde cuándo se conocían, pero eran buenos amigos. Muy distintos entre sí, pero se complementaban bien. Marcos Cenci era una joven promesa de la literatura local. Había conseguido algunos premios y ya había publicado algunos textos en diversas revistas del ambiente cultural santafesino. Un par de años mayor que Walter, vivía de su magro sueldo de kiosquero, y de los pesos que le entraban de vez en cuando por algún artículo que lograba embocar en las revistas o el diario de la ciudad. Walter no leía más que la sección deportiva del diario, pero admiraba en Quito ese don de comunicar y expresar. Nunca se lo dijo.
Quito ya estaba listo, remera con motivos pictóricos indígenas, un jean y las incansables Topper de lona.
-Bueno, ¿hacemos el porroncito o no antes de salir?
-¡No, boludo! A esta hora una birra? Dejate de joder. Aparte es tarde, mi vieja nos está esperando -le respondió Walter mientras se acomodaba el peinado en el reflejo de la ventana. -Me tenés que ayudar a sacarle la cúpula a la chata, así que al pedo te bañaste.
-Y vos al pedo te peinás, lo único que lográs es que se te revuelva la caspa... -le replicó Quito mientras le daba un chirlo en la nuca.
Sacar la cúpula de fibra de vidrio de la camioneta era bastante más fácil de lo que parecía, y unos minutos después ya estaba apoyada en el patio de la casona de Padre Genesio.
-Che, muy picante tu camioneta pero tiene una baranda a salame milán que voltea -dijo Quito mientras se sentaba en el asiento del acompañante.
-Y bueno hermano, no me da para tener una chata para repartir fiambres y otro vehículo para salir. Pero bueno, le sacamos la cúpula y listo, queda re pistera. -La conclusión de Walter no hizo que se dejara de sintir el olor rancio a fiambre que no mantuvo la cadena de frío, ni el Glade que Walter derrochaba dentro de la cabina era suficiente para disimular el tufo.
-¿Che, de quien es el bautismo?
-Del pibito de mi prima ¿te acordás de Karina, la colorada? la que siempre veíamos en Passage los viernes...
-Ah! Seee, la del culo! ¿Cómo querés que me olvide? ¿Qué? ¿se casó? Uh, que bajón... esa mina te gustaba, no?
-¿Qué decís? Boludo, como me va a gustar si es mi prima?
-Ah, bueno, ahora hacete el puritano... bien que la arrinconabas contra la barra del boliche cuando éramos pendejos!
La cara de Quito al terminar la frase no dejó lugar a la gambeta de Walter.
-Bueno, nunca me dio bola, porque si me hubiese dado un metro me olvido del Nono Juan y la Nona Dora.
-Ahora si -dijo Quito- tampoco es cuestión de mentirnos entre nosotros.
Estacionaron en la dársena de la Plaza del Folclore y por fin se calló Miguel Mateos cuando se bajaron de la camioneta. Caminaron hasta la Basílica de Guadalupe y entraron apurados, eran las nueve y diez de la mañana, y el calorcito del enero santafesino no perdonaba ni a los buenos cristianos.
Walter miró por sobre las cabezas de los presentes y a lo lejos ubicó la resplandeciente calva de su padre; al lado está su madre, con su peinado compacto color ropero. Se sentaron al lado de la mamá de Walter, y en el acto el padre les disparó una mirada enjuiciadora, de ceño fruncido. ¿Se teñía el bigote el Sargento Primero Godoy? Quito siempre se hacía esos planteos en los ámbitos que le importaban poco o nada.
La ceremonia duró algo así como una eternidad. Los ventiladores amurados no alcanzaban a ventilar el ambiente y los cuarenta y dos grados de sensación térmica hacían que hasta el más educado de los feligreses mirara con insistencia el reloj suplicando que se terminara la tortura. Una vieja alcanzó a murmurar que más que agua bendita, parecía que el agua que usaba el cura para bautizar al bepi era su propio sudor, el muy asqueroso.
Al terminar la ceremonia todos salieron a la explanada de la Basílica, recién entonces Quito se acercó a los padres de Walter para saludarlos.
-Buenas tardes don Ricardo! -Y le estrechó la mano. El apretón fue importante: un buen policía da la mano con guapeza, con firmeza, con convicción. El tipo era milico de alma.
Quito se apartó un metro y dijo
-Doña Silvia... sin que me escuche su marido, ¿qué tiene que hacer esta noche? Usted si que está cada día más linda.
-Aprendé vos, marmota! (a Walter) Cuánto hace que no me decís algo lindo? Tiene que venir tu amigo para que yo te pueda ver? Hace cuánto que no pasas por casa?
-Desde el domingo mami, ¿no te acordás? hiciste ravioles con estofado de pollo. Acordate, casi morimos, hacía quinientos grados y me obligaste a comer el segundo plato.
-Bueno! -lo interrumpió la madre- vos Quito vení cuando quieras a casa, yo te preparo algo rico, y de paso si tenemos suerte vemos de vez en cuando al único hijo que Dios nos dio.
-Che, ¿viste que fuerte estaba la Madrina? -preguntó Quito.
-No, ni me fijé ¿estaba buena?
-Puf! ...bah, que se yo, yo le hago.
-Bueno, ese no es buen parámetro... vos le hacés a todo. -dijo Walter entre risas. -Hagamos algo: busquemos a tu prima y le pedimos que nos la presente y ahí me contás.
Al terminar la frase Quito se quedó pensativo, como meditando.
-¿Hay joda ahora, no?
-Si, en la quinta de Karina, en Sauce Viejo.
-Ah, ya me parecía que no me ibas a traer a un bautismo solamente para hacerte el aguante, vos si que sos un amigo!
En ese preciso momento apareció Karina, colorada como siempre, enfundada en un trajecito gris que resaltaba sus virtudes a la hora de la retirada. Traía en sus brazos a su bebé y la acompañaba su esposo, un rugbier con aspecto de pocos amigos.
-Hola primito! -dijo Karina y le disparó una miradita cómplice. Dejó el bebé en manos del mastodonte, quien agarró al pobre crío como si le hubiesen lanzado un zeppelín en pleno partido. Ella se colgó del cuello de Walter y le dio un beso en la mejilla, bastante húmedo para la corta distancia a la que estaba el marido.
-Te acordás Gus? Él es Walter, mi primo preferido.
-Sí, me acuerdo, el repartidor de fiambres -dijo el grandote.
Quito, ni lerdo ni perezoso, interrumpió el concierto de incomodidades y se presentó
-Yo soy Marcos, amigo de Walter.
-Vos no eras el que siempre salía con Walter cuando eran chicos? -preguntó Karina, entre curiosa y sádica.
-No, yo a Walter lo conocí hace unos meses en un curso de Feng Shui -respondió, y sin dar lugar a objeciones cambió el ángulo- Pero que bebé más lindo! Cómo se llama?
-Laureano Bautista Iturraspe.
-Ah, que lindos nombres!
Quito terminó la frase y miró a Walter. Éste le hizo un saludo japonés inclinando la cabeza hacia adelante y apoyando la palma izquierda en el puño derecho cerrado, como un saludo de Karate. Marcos no entendía nada, pero... Una vez más lo había salvado. Walter también lo miró agradecido por el pilotaje de la situación.
La charla no daba para más, el bebé estaba incómodo por el calor, los padres del bebé estaban incómodos con los invitados y viceversa. Antes de irse, Karina se volvió hacia Walter.
-Así que haces Feng Shui? Que casualidad, Marisa, mi amiga, la madrina de Lauren, estudia Feng Shui!, esperá que la busco y te la presento.
Walter y Marcos abrieron los ojos así!
-Naa... encima ese orto tenemos! -dijo Quito mientras le codeaba la boca del estómago a Walter.
Fue una suerte que la presentación se demorara unos instantes, fueron los suficientes para que Marcos le explique a Walter qué es el Feng Shui, era la primera vez que escuchaba hablar de eso. Cuando Quito lo mencionó en la charla anterior, él pensó que era un arte marcial, por eso el gesto como de karate, ahora entendía. En ese momento volvió Karina, acompañada de su amiga, Marisa, la Madrina experta en Feng Shui. Por suerte el grandote y el bebé se quedarón más allá saludando a la parentela.
-Cuánto te tardaste Kari! -dijo Quito- ya estábamos impacientes. -Terminó de decir eso y sintió un codazo en un costado. Walter se lo propinó por desubicado.
-Marisa, él es Walter, mi primo, y él es Marcos, su amigo.
Terminada la presentación, Karina amplió:
-Ellos estudian Feng Shui, que casualidad, no?
Walter quedó paralizado, no sabía qué decir y hacía insanos esfuerzos por no bajar la mirada más allá de la nariz de Marisa, a lo sumo el mentón... ese escote era una trampa mortal.
-Hicimos solamente un cursito informativo, en realidad no sabemos nada. Nos dijo Kari que vos sí la tenés clara -argumentó Quito.
-Bueno, tampoco soy así... fooo!, es algo que me gusta, me armoniza, es re saludable -contestó Marisa, sin dejar de mirar un solo segundo a Walter. -Si quieren en el asado les cuento sobre lo que estoy haciendo en mi departamento, -dijo.
Walter logró abrir la boca.
-Buenísimo, quiero hacer algo en mi casa y no se por dónde empezar.