10 mayo 2006

I - El viento los cría y Dios los amontona

"Lamentablemente este ha sido otro año triste para la parcialidad sabalera, pero no fue cualquier año, este era el año del centenario y el Presidente Darrás había prometido un año inolvidable para los colonistas"
-¡Una vez más los dirigentes se burlaron de la buena fe de los socios! ¿Hasta cuándo va a esperar el hincha por un equipo competitivo? -Inquirió Darío Pignata.
-El dos mil cinco fue un mal año para Colón, pero el dos mil seis va a ser diferente, Colón está armando un equipo impresionante, Fuertes, Denis, Cangele y puede sumarse Lucas Rimoldi. Los equipos grandes juegan las copas ¡Sin lugar a dudas el dos mil seis es el año de Colon! -Aseveró Enrique Cruz (H).
En ese preciso instante Walter silenció la radio poniendo un disco de MP3 y rápidamente se escuchó a Miguel Mateos. A sus treinta y tres años Walter ya se había aburrido de escuchar a estos dos idiotas pronosticando ¡Éste es el año de Colón! Por suerte la música hizo que se olvidara de los periodistas deportivos, que en Santa fe son más deprimentes que en cualquier otra ciudad. En fin.
La Ford Ranger gris con vivos azules se paró en Padre Genesio al 424. Walter se bajó y tocó el timbre, esperó unos momentos y en el acto recordó que no funcionaba, así que para ahorrarse el trámite de golpear las manos al pedo sacó su celular y llamó al de Marcos. Lo atendió con voz adormilada
-¿Quién es? -Preguntó Marcos.
-¡Soy yo, pelotudo! Dale, abrime que es tarde y no llegamos a la iglesia -le dijo Walter.
Se abrió la puerta de chapa y apareció Marcos en bermudas, con una remera vieja, sus eternas zapatillas Topper de lona y las medias arrolladas.
-¿De qué iglesia me hablás? -le dijo extrañado.
-No seas guacho, me habías prometido que me acompañabas al bautismo del hijo de mi prima. -Ah! cierto, ya me había olvidado. Sacate un porrón de la heladera y acomodate, me pego una duchita y vamos, -dijo Marcos mientras caminaba entre un montón de libros, papeles y cajas de pizzas.
Walter y Quito eran amigos desde la adolescencia, ninguno de los dos registraba concretamente desde cuándo se conocían, pero eran buenos amigos. Muy distintos entre sí, pero se complementaban bien. Marcos Cenci era una joven promesa de la literatura local. Había conseguido algunos premios y ya había publicado algunos textos en diversas revistas del ambiente cultural santafesino. Un par de años mayor que Walter, vivía de su magro sueldo de kiosquero, y de los pesos que le entraban de vez en cuando por algún artículo que lograba embocar en las revistas o el diario de la ciudad. Walter no leía más que la sección deportiva del diario, pero admiraba en Quito ese don de comunicar y expresar. Nunca se lo dijo.
Quito ya estaba listo, remera con motivos pictóricos indígenas, un jean y las incansables Topper de lona.
-Bueno, ¿hacemos el porroncito o no antes de salir?
-¡No, boludo! A esta hora una birra? Dejate de joder. Aparte es tarde, mi vieja nos está esperando -le respondió Walter mientras se acomodaba el peinado en el reflejo de la ventana. -Me tenés que ayudar a sacarle la cúpula a la chata, así que al pedo te bañaste.
-Y vos al pedo te peinás, lo único que lográs es que se te revuelva la caspa... -le replicó Quito mientras le daba un chirlo en la nuca.
Sacar la cúpula de fibra de vidrio de la camioneta era bastante más fácil de lo que parecía, y unos minutos después ya estaba apoyada en el patio de la casona de Padre Genesio.
-Che, muy picante tu camioneta pero tiene una baranda a salame milán que voltea -dijo Quito mientras se sentaba en el asiento del acompañante.
-Y bueno hermano, no me da para tener una chata para repartir fiambres y otro vehículo para salir. Pero bueno, le sacamos la cúpula y listo, queda re pistera. -La conclusión de Walter no hizo que se dejara de sintir el olor rancio a fiambre que no mantuvo la cadena de frío, ni el Glade que Walter derrochaba dentro de la cabina era suficiente para disimular el tufo.
-¿Che, de quien es el bautismo?
-Del pibito de mi prima ¿te acordás de Karina, la colorada? la que siempre veíamos en Passage los viernes...
-Ah! Seee, la del culo! ¿Cómo querés que me olvide? ¿Qué? ¿se casó? Uh, que bajón... esa mina te gustaba, no?
-¿Qué decís? Boludo, como me va a gustar si es mi prima?
-Ah, bueno, ahora hacete el puritano... bien que la arrinconabas contra la barra del boliche cuando éramos pendejos!
La cara de Quito al terminar la frase no dejó lugar a la gambeta de Walter.
-Bueno, nunca me dio bola, porque si me hubiese dado un metro me olvido del Nono Juan y la Nona Dora.
-Ahora si -dijo Quito- tampoco es cuestión de mentirnos entre nosotros.
Estacionaron en la dársena de la Plaza del Folclore y por fin se calló Miguel Mateos cuando se bajaron de la camioneta. Caminaron hasta la Basílica de Guadalupe y entraron apurados, eran las nueve y diez de la mañana, y el calorcito del enero santafesino no perdonaba ni a los buenos cristianos.
Walter miró por sobre las cabezas de los presentes y a lo lejos ubicó la resplandeciente calva de su padre; al lado está su madre, con su peinado compacto color ropero. Se sentaron al lado de la mamá de Walter, y en el acto el padre les disparó una mirada enjuiciadora, de ceño fruncido. ¿Se teñía el bigote el Sargento Primero Godoy? Quito siempre se hacía esos planteos en los ámbitos que le importaban poco o nada.
La ceremonia duró algo así como una eternidad. Los ventiladores amurados no alcanzaban a ventilar el ambiente y los cuarenta y dos grados de sensación térmica hacían que hasta el más educado de los feligreses mirara con insistencia el reloj suplicando que se terminara la tortura. Una vieja alcanzó a murmurar que más que agua bendita, parecía que el agua que usaba el cura para bautizar al bepi era su propio sudor, el muy asqueroso.
Al terminar la ceremonia todos salieron a la explanada de la Basílica, recién entonces Quito se acercó a los padres de Walter para saludarlos.
-Buenas tardes don Ricardo! -Y le estrechó la mano. El apretón fue importante: un buen policía da la mano con guapeza, con firmeza, con convicción. El tipo era milico de alma.
Quito se apartó un metro y dijo
-Doña Silvia... sin que me escuche su marido, ¿qué tiene que hacer esta noche? Usted si que está cada día más linda.
-Aprendé vos, marmota! (a Walter) Cuánto hace que no me decís algo lindo? Tiene que venir tu amigo para que yo te pueda ver? Hace cuánto que no pasas por casa?
-Desde el domingo mami, ¿no te acordás? hiciste ravioles con estofado de pollo. Acordate, casi morimos, hacía quinientos grados y me obligaste a comer el segundo plato.
-Bueno! -lo interrumpió la madre- vos Quito vení cuando quieras a casa, yo te preparo algo rico, y de paso si tenemos suerte vemos de vez en cuando al único hijo que Dios nos dio.
-Che, ¿viste que fuerte estaba la Madrina? -preguntó Quito.
-No, ni me fijé ¿estaba buena?
-Puf! ...bah, que se yo, yo le hago.
-Bueno, ese no es buen parámetro... vos le hacés a todo. -dijo Walter entre risas. -Hagamos algo: busquemos a tu prima y le pedimos que nos la presente y ahí me contás.
Al terminar la frase Quito se quedó pensativo, como meditando.
-¿Hay joda ahora, no?
-Si, en la quinta de Karina, en Sauce Viejo.
-Ah, ya me parecía que no me ibas a traer a un bautismo solamente para hacerte el aguante, vos si que sos un amigo!
En ese preciso momento apareció Karina, colorada como siempre, enfundada en un trajecito gris que resaltaba sus virtudes a la hora de la retirada. Traía en sus brazos a su bebé y la acompañaba su esposo, un rugbier con aspecto de pocos amigos.
-Hola primito! -dijo Karina y le disparó una miradita cómplice. Dejó el bebé en manos del mastodonte, quien agarró al pobre crío como si le hubiesen lanzado un zeppelín en pleno partido. Ella se colgó del cuello de Walter y le dio un beso en la mejilla, bastante húmedo para la corta distancia a la que estaba el marido.
-Te acordás Gus? Él es Walter, mi primo preferido.
-Sí, me acuerdo, el repartidor de fiambres -dijo el grandote.
Quito, ni lerdo ni perezoso, interrumpió el concierto de incomodidades y se presentó
-Yo soy Marcos, amigo de Walter.
-Vos no eras el que siempre salía con Walter cuando eran chicos? -preguntó Karina, entre curiosa y sádica.
-No, yo a Walter lo conocí hace unos meses en un curso de Feng Shui -respondió, y sin dar lugar a objeciones cambió el ángulo- Pero que bebé más lindo! Cómo se llama?
-Laureano Bautista Iturraspe.
-Ah, que lindos nombres!
Quito terminó la frase y miró a Walter. Éste le hizo un saludo japonés inclinando la cabeza hacia adelante y apoyando la palma izquierda en el puño derecho cerrado, como un saludo de Karate. Marcos no entendía nada, pero... Una vez más lo había salvado. Walter también lo miró agradecido por el pilotaje de la situación.
La charla no daba para más, el bebé estaba incómodo por el calor, los padres del bebé estaban incómodos con los invitados y viceversa. Antes de irse, Karina se volvió hacia Walter.
-Así que haces Feng Shui? Que casualidad, Marisa, mi amiga, la madrina de Lauren, estudia Feng Shui!, esperá que la busco y te la presento.
Walter y Marcos abrieron los ojos así!
-Naa... encima ese orto tenemos! -dijo Quito mientras le codeaba la boca del estómago a Walter.
Fue una suerte que la presentación se demorara unos instantes, fueron los suficientes para que Marcos le explique a Walter qué es el Feng Shui, era la primera vez que escuchaba hablar de eso. Cuando Quito lo mencionó en la charla anterior, él pensó que era un arte marcial, por eso el gesto como de karate, ahora entendía. En ese momento volvió Karina, acompañada de su amiga, Marisa, la Madrina experta en Feng Shui. Por suerte el grandote y el bebé se quedarón más allá saludando a la parentela.
-Cuánto te tardaste Kari! -dijo Quito- ya estábamos impacientes. -Terminó de decir eso y sintió un codazo en un costado. Walter se lo propinó por desubicado.
-Marisa, él es Walter, mi primo, y él es Marcos, su amigo.
Terminada la presentación, Karina amplió:
-Ellos estudian Feng Shui, que casualidad, no?
Walter quedó paralizado, no sabía qué decir y hacía insanos esfuerzos por no bajar la mirada más allá de la nariz de Marisa, a lo sumo el mentón... ese escote era una trampa mortal.
-Hicimos solamente un cursito informativo, en realidad no sabemos nada. Nos dijo Kari que vos sí la tenés clara -argumentó Quito.
-Bueno, tampoco soy así... fooo!, es algo que me gusta, me armoniza, es re saludable -contestó Marisa, sin dejar de mirar un solo segundo a Walter. -Si quieren en el asado les cuento sobre lo que estoy haciendo en mi departamento, -dijo.
Walter logró abrir la boca.
-Buenísimo, quiero hacer algo en mi casa y no se por dónde empezar.